viernes, 26 de octubre de 2007

3.5. El precio de vivir

El señor Eko, el pobre, no levanta cabeza. En esta temporada pasa de haber sufrido la implosión de la estación Cisne (y la previa explosión de dinamita en el búnker, 2.24) a ser atacado por un oso polar y arrastrado a su guarida (3.3), para –después de ser rescatado por Locke– acabar muriendo a manos del implacable monstruo de humo de la isla. Cruel destino para un hombre cuyas circunstancias habían forzado también a actuar de manera cruel.

Hemos visto a Eko matar a multitud de personas: primero al hombre que disparó cuando sólo era un muchacho, iniciando así su carrera delictiva; después (como ejemplo de la persona en la que se había convertido) a los dos narcotraficantes a los que degolló de un sólo golpe de cuchillo (2.10); aún tras la muerte de su hermano Yemi –que parecía haber tenido un cierto valor redentor para él (véase mi comentario al episodio 2.10 en http://misteriosysorpresas.blog.com/796267/#cmts)– mata a Emeka y a uno de sus hombres (al otro le corta un brazo) y, finalmente, a los dos ‘otros’ que murieron a sus manos en la isla (2.7). Es mucha la sangre que pesa sobre su conciencia (pero no, Emeka, la vida de la señora a la que tan fríamente disparaste a la puerta de la iglesia no cae sobre la conciencia de Eko, sino sobre la tuya).

Paradójicamente este hombre, que ha demostrado tener tanta facilidad para matar, conoce también muy bien el proceso del arrepentimiento y de la penitencia, e incluso el sacramento cristiano de la confesión. Vemos en este episodio cómo de jovencito se niega –correctamente– a considerar pecado el hurto de unas galletas para aliviar el hambre de su hermano, aunque una monja muy estricta se empeña en obligarle a confesar. Le vemos mucho más tarde, en pleno auge de su vida como criminal, acudir a su hermano cura pidiendo la confesión, a lo que éste se niega, ya que sabe muy bien que Eko no está arrepentido de sus muchos delitos (2.10). Poco tiempo después, ejerciendo falsamente de sacerdote, se dedica a confesar a los demás, parece ser que en la forma más tradicional (2.21), aunque no por ello ha renunciado a actividades inmorales como la falsificación de documentos y la usurpación de la identidad sacerdotal. En la isla, finalmente, tras la abrumadora experiencia de sobrevivir a un espeluznante accidente de avión (2.7) y con el apoyo moral del mensaje ultraterreno que le había enviado su hermano por medio de la joven Charlotte Malkin (2.21), parece elegir un camino nuevo: se arrepiente verdaderamente de haber dado muerte (aunque en legítima defensa) a sus dos atacantes, por lo que se autoimpone la penitencia de 40 días de silencio (2.7) y más tarde pide perdón al prisionero ‘Henry Gale’, como posible representante de los ‘otros’ (2.15); defiende también la vida de Sawyer, cuando Ana ya la daba por perdida, no por el interés del propio herido sino por él mismo (2.8), como necesitando compensar las muchas muertes producidas salvando el mayor número de vidas. Su rechazo a la violencia queda especialmente patente cuando, poco después, al pedirle Jack en el búnker que le lleve donde está Ana-Lucía, se niega rotundamente a que éste acuda con armas (2.8).

Pero, es tras el descubrimiento en la isla de la avioneta que durante años había albergado el cadáver de su hermano (2.10) cuando Eko sufre la mayor transformación. Su arrepentimiento se retrotrae entonces claramente a aquel tiempo pasado en que sus actividades ilegales costaron la vida a su querido Yemi: le vemos llorar desconsoladamente abrazando al pobre sacerdote muerto y le oímos pedirle perdón repetidas veces. Con su oración y su proclamación ante Charlie de que es un verdadero sacerdote, al tiempo que se cuelga la cruz al cuello, Eko parece haber encontrado finalmente una cierta paz con Dios.

Dos situaciones van a darnos más luz al respecto: Amina había desaprobado firmemente la acción de Eko frente a Emeka, mientras sustituía a su hermano en la iglesia de su pueblo, diciéndole que debía muchas vidas a Dios y una iglesia a Yemi. A Eko parecen haberle marcado estas palabras, puesto que ahora en la isla se dedica a salvar vidas (2.5-2.8) y a construir una iglesia (2.12-21). Pero, por otro lado, tenemos su propia interpretación sobre el perdón de Dios en la historia que cuenta a Michael mientras le ayuda a limpiar la sangre de Libby en el búnker (2.22): Dice que en Inglaterra un muchacho le confesó un día que había matado a su perro a golpes después de que éste hubiera mordido a su hermana pequeña en la mejilla, para protegerla (aunque probablemente, debido a la brutalidad de su acción, también dejándose llevar de una enorme ira). El chaval tenía miedo de ir al infierno, por lo que Eko intentó tranquilizarle diciendo que Dios comprendía la situación y le perdonaría si estaba arrepentido, pero el muchacho no sentía tanta necesidad del perdón de Dios como pánico a tener que enfrentarse en el más allá ante el castigo postmortal que podría infligirle un can enfurecido.

Eko parece encontrarse por fin en paz con Dios, al que convencido de su bondad y protección reza a menudo “el Señor es mi pastor, nada me falta”, y también –o precisamente por eso– ha demostrado no tener miedo a nada ni a nadie (2.10). Pero en esta isla, que ni Dios sabe dónde está (según ‘Henry Gale’ en 2.18), rige un juez que no es comprensivo ni misericordioso, sino que, semejante al perro infernal que el niño inglés imaginaba, está dispuesto, cual monstruoso cancerbero, a castigar del modo más implacable y cruel a quienes considera culpables, a quienes no dan la talla para ser considerados ‘buenos’. En una extraña conspiración psicológica, el monstruo isleño parece haberse confabulado con un falso Yemi para pedir a Eko su confesión y el arrepentimiento de las cosas malas que ha hecho en su vida. Eko, aunque deseoso de poder hablar de nuevo con su hermano, se niega a este requerimiento suyo, probablemente porque ya cree haber pagado suficientemente sus culpas (añadiendo a sus anteriores esfuerzos su reciente sacrificio en el búnker poniendo en grave peligro su vida para salvar la de todos, 2.24); pero también porque desea un cierto reconocimiento de lo difícil que ha sido para él sobrevivir, de que ante las excruciantes pruebas a las que ha sido sometido, de dificilísimo discernimiento moral, ha hecho lo que mejor ha podido.

Eko nunca estará dispuesto a aceptar que al disparar a aquella su primera víctima no estaba siendo él la verdadera y voluntaria víctima inocente, en sacrificio terrible por el amor de su hermano. Ha sido su enorme cariño por Yemi el que ha orientado las grandes decisiones de su vida, y en lo más profundo de su interior siente que aquello no pudo ser un pecado. ¿Es él un hombre malo? ¿Cómo puede serlo si aquella vez actuó por amor y tantas otras veces por sobrevivir en un entorno mafioso o por mantener su dignidad ante los que querían pisotearla? Nuestro amigo Eko ha hecho penitencia, ha pedido perdón y ha intentado compensar sus errores, pero aquél primer crimen nunca ha sido para él un error, al igual que nunca creyó que lo fuera el hurto de un par de galletas porque su hermano no sufriera más hambre, y al igual que todos podemos entender al niño que, por amor a su hermana, mató enfurecido a golpes al peligroso perro. Cada una de las muertes que infligió Eko a los matones y narcotraficantes de su pueblo ¿no podía considerarse obra de la furia vengadora del Eko adolescente que, a pesar de haberse convertido él en matón y narcotraficante a su vez, aún se rebelaba furioso frente a un sistema dispuesto a arrancarle la inocencia a niños como su hermano pequeño?

Eko está enfermo y cansado, le rondan visiones amenazantes de sus víctimas, y, quizás bajo el efecto de la fiebre, pero también por la implacable insistencia de la siempre acechante y falsa imagen de su hermano, se siente forzado a arrodillarse y confesar sus pecados. Los muertos parece que van a seguir siempre clamando a su conciencia, como una terrible pesadilla que nunca termina, y de pronto nuestro protagonista se rebela. No va a pedir perdón nunca más, se le dio una vida en condiciones muy difíciles e hizo con ella lo que pudo, por lo tanto, lo hecho hecho está. La respuesta del justiciero monstruo no se hace esperar, tras la inesperada y fría respuesta de Yemi, una ingente masa de inquietante humo negro se encarga de moler a golpes, contra los árboles y el suelo, al insolente nigeriano. Éste, como devoto cristiano, ha rezado su oración preferida encomendándose al Señor antes de ser sometido a semejante suplicio, y, aunque siendo un personaje de ficción es irrelevante plantearse si Dios va a acogerle amoroso en sus brazos, lo que sí nos indica el episodio es que Eko de alguna forma tras su muerte vuelve a unirse con su hermano, y no en la forma de dos personas destrozadas por sus respectivos desdichados destinos, sino recuperando la hermosa inocencia y el entrañable afecto que vivieron cuando niños y, que a pesar de los opuestos caminos que tomaron –tan dolorosamente enfrentados–, siempre estuvo vivo en ellos hasta límites heroicamente suprahumanos.

La historia de Eko es tan impresionante que deja en un plano muy secundario las preocupaciones y exploraciones de Locke y Sayid, los intentos de Desmond de encajar en este nuevo grupo, los enojosos dimes y diretes de Nikki y Paulo, y las breves peripecias de Charlie y Hurley durante este episodio. Sin embargo cada una de las apariciones de los misteriosos ‘otros’ habitantes de la isla no deja de suscitar un enorme interés, ya sea la breve aparición en una pantalla de un rostro desconocido con un parche en un ojo, o el enrevesadísimo enfrentamiento de Jack con el maestro manipulador que es Ben y con la intrigante Juliet.

Ben había forjado un intricado plan para inculcar a Jack que ‘quisiera’ operarle el tumor de su columna vertebral sin casi tener que pedírselo. Extraña manera de abordar la ayuda médica de un especialista cuando se padece una enfermedad terminal terriblemente agresiva. Su plan se ve, sin embargo, frustrado por culpa –¿voluntaria o involuntaria?– de Juliet, que dejó al alcance del doctor unas reveladoras radiografías. Jack descubre por sí mismo el resto del enigma (y eso que dice que no le van los misterios) y no duda en hurgar en la herida de su hasta entonces inescrutable carcelero. Como no es posible descifrar a Ben no parece factible adivinar si es mínimamente sincero su alegato de que Dios debe existir, puesto que le envió desde el cielo el especialista cirujano que justo necesitaba sólo un par de días después de conocer su diagnóstico. Si este hombre, como es de suponer, está asustado por la enfermedad que padece, le repulsa sobre todo tener que someterse al poder de un extraño, tener que perder el omnímodo control que le gusta ejercer sobre todos los que le rodean, aunque sólo sea unas horas, para yacer bajo el bisturí de alguien que no acepta su autoridad. Por esa razón probablemente ha ideado su enrevesado plan, tratando de dejar bien atados todos los cabos que le aseguren la paradoja de mantenerse en el poder aún mientras esté indefenso, demostrándonos hasta qué punto Ben Linus es incapaz de confiar en un semejante sin toda la estructura manipuladora a la que está acostumbrado. Jack no tenía por qué convertirse en su enemigo, Ben podría haber optado por acudir a él como cualquier paciente, confiando meramente en su buena voluntad y en su juramento hipocrático. Pero sea por la enmarañada psique de Ben, o por una hipotética situación de los ‘otros’ en la isla que haga necesaria semejante artimaña, el ex-prisionero del búnler, aún mortalmente enfermo, ha ideado todo tipo de engaños y sufrido todo tipo de penalidades, antes de confesar finalmente a su médico el mal que padece, y aún esto forzado por las circunstancias.

No es de extrañar que semejante comportamiento haya despertado susceptibilidades incluso entre algunas personas de su propio bando. Pero es Juliet la que, a pesar de que sus diferencias con Ben nos habían sido bastante claramente anunciadas, consigue sorprendernos de nuevo con un ejercicio impecable de comunicación cruzada, en el que hace llegar a su prisionero al mismo tiempo una sentida petición a favor de que salve la vida a su venerado líder y la totalmente contraria invitación a asesinarle impunemente mientras le opera. La perplejidad en que dicha escena sume a Jack es fácilmente comprensible.

Parémonos un momento a intentar entender lo que está viviendo nuestro sufrido doctor: él sabe operar tumores en la columna y se siente obligado a hacerlo para cualquier ser humano que lo necesite, pero he aquí que la persona afectada por el tumor le tiene preso sometiéndole a un extraño juego psicológico. Por otro lado la persona con la que más directamente trata en su celda, le dice al mismo tiempo que el enfermo es un gran hombre que merece vivir y que es un terrible mentiroso al que debe matar. Jack realmente es libre ante esta opción, nadie puede verdaderamente obligarle a operar. Aunque le den todo el material y pongan a Ben en la camilla ante él, el cirujano puede optar por operar buscando la salud del paciente, o sin que nadie se entere, hacer algo que le mate, sobre todo si la única persona aparte de él que tiene formación médica en la pequeña isla en la que se encuentran aboga convencida por esta solución alternativa. La disyuntiva que se le presenta es radical: salvar o matar al líder de los “otros”, considerando que por una parte es un médico muy comprometido con su profesión y por otra es prisionero de esta gente y responsable de todo un grupo de personas amenazadas por la animadversión de estos extraños vecinos. Este dilema de Jack junto con el escalofriante aviso del moribundo Eko (“vosotros sois los siguientes”) dejan en ascuas al espectador a la espera del siguiente capítulo de “Perdidos”.


Pistas para adentrarnos en los entresijos de estos temas:

- Las circunstancias en las que ha vivido Eko hacen muy difícil discernir entre el bien y el mal, por lo inextricablemente mezclados que se hallan. Ya lo veíamos en nuestro comentario al episodio 2.10, en el que el propio Eko echa en cara a su hermano que en el mundo real el bien y el mal nunca están tan separados. El caso Emeka que se nos presenta en este episodio es especialmente oscuro. Este matón y sus hombres estaban extorsionando a la misión católica del pueblo, llevándose gran parte de las vacunas para el mercado negro. Pero la misma Amina, fiel devota de la iglesia y enfermera del precario centro médico de la misión, entiende que era un buen acuerdo, con el cual podían mantenerse en paz y retener algunas de las necesarias vacunas para su gente. Por supuesto que desde fuera el acuerdo parece un injustísimo chanchullo, lo que en principio suscita nuestra aprobación de que Eko, acostumbrado a no ceder ante nadie, plante cara ante Emeka. Pero para nuestra desilusión poco después descubrimos que el falso sacerdote había planeado obtener él mismo un beneficio de esas vacunas que quería alejar de las manos del matón. Este dato le hace culpable de querer aprovecharse de los pobres de la misión de Yemi, mientras que el sangriento ataque a Emeka y a los suyos (si bien impropio de un sacerdote, sobre todo en el interior de una iglesia) no deja de ser en legítima defensa (aunque a Emeka, una vez vencido, debería haberle perdonado la vida y enviado a prisión, si es que eso era factible en su pueblo). Tanto Amina como Daniel están enormemente escandalizados con la forma de actuar de este supuesto sacerdote, pues Eko ha actuado mirando por sus propios intereses y de una manera criminal. Será sin embargo el juicio de estas dos personas lo que más le duela, y probablemente sirva de semilla a su posterior conversión. No olvidará nunca sus palabras, el inocente “¿es usted un hombre malo?” del joven monaguillo y el “debe a Dios muchas vidas y a Yemi una iglesia” de la mujer que una vez creyó que él era tan buena persona como su hermano.

El mal anda siempre mezclado con el bien, tanto en el pueblo más pequeño de África como en la ciudad más industrializada de Occidente, pero esto no puede ser nunca excusa suficiente. Es necesario intentar una y otra vez discernir y buscar la opción mejor, aunque sólo sea la menos mala. Amina alaba la gestión de Yemi que tras mucho esfuerzo había logrado una especie de solución a la situación. Aparentemente inflexible en su moralidad, Yemi se esfuerza una y otra vez, de forma totalmente altruista por ayudar a todos, pero también sabe ceder si es necesario, soportar una cierta injusticia por defender un bien mayor. La situación a la que lleva este tipo de extorsiones es muy complicada, pero moralmente no le van a la zaga los intrincados tejemanejes de políticos, economistas y grandes multinacionales que defienden ciegamente sus propios intereses caiga quien caiga, o los de pequeños empresarios o trabajadores de nuestras ciudades que trampean aquí y allá en sus compromisos por obtener algún beneficio extra. La confusión extrema entre el bien y el mal ocurre por doquier, pero esa es realmente la batalla más importante a librar en nuestra realidad. Empeñarse en desenmascarar el mal y tener claras sus formas más ladinas de actuar es la tarea estratégica más necesaria en esta batalla milenaria de la humanidad. Todos tendremos que comprometer alguna vez nuestros principios ante una situación imposible, pero los verdaderos héroes de cada época y lugar, son los que no dejan de señalar cuál es el verdadero mal sin permitirle esconderse en un relativismo indiscernible.

- Nos hubiera gustado ver a Eko resolviendo con su fortaleza física y su total ausencia de miedo la injusta situación impuesta por Emeka en la pequeña misión nigeriana. Pero no ha sido así, los guionistas han optado por mostrarnos que Eko a estas alturas seguía siendo el delincuente en el que sus raptores le habían convertido. En este episodio aunque mueran algunos de los malos el verdadero mal no se ha desarraigado: la codicia de los señores de la guerra, de la que el mismo Eko es prisionero, seguirá extorsionando a los pobres, y la única victoria (aparte de la espectacular batalla contra Emeka en la iglesia, que queda totalmente desaprobada) será la de Eko sobre sí mismo a la que Amina contribuye invitándole a arrepentirse. Esta joven valiente junto con el padre Yemi son los verdaderos héroes de esta historia, y son ellos los que realmente consiguen, a largo plazo, salvar a nuestro protagonista y no viceversa.

Eko pertenece al grupo de los extorsionadores. En las malas compañías en las que se ha movido desde que le raptaron ha tenido que pagar un alto precio por vivir, por sobrevivir: la idea de que la vida del otro no vale absolutamente nada si se trata de salvar la mía, la total corrupción de la conciencia y de la capacidad de compasión. El amor de Eko por Yemi, y específicamente el de Yemi por Eko, permite que éste, llegado el momento, pueda invertir el proceso y volver a respetar y valorar las vidas ajenas, incluso las de personas que le atacan, pero parece que nunca pudo llegar a valorar la vida del pobre anciano al que sacrificó por su hermano y es la falta de arrepentimiento por este hecho la que, en la extraña isla a donde fue a parar, finalmente le costó la vida.
Amparo

miércoles, 17 de octubre de 2007

3.4. Sálvese quien pueda

Sawyer está acostumbrado a activar todos sus recursos ante una situación adversa; tanto en su pasada estancia en la cárcel como durante su reclusión en la jaula de osos polares de la estación Hydra se dedica a observar detenidamente sus circunstancias y a cada una de las personas que le rodean ideando una artimaña para escapar. Lo que no sabe es que Ben se dedica expresamente a algo parecido: observar el comportamiento de sus cautivos con todo detalle para ingeniar la manera de doblegarles de la manera más radical. Nos encontramos por tanto en este episodio ante un sorprendente duelo de ingenios, donde el insidioso Benjamin Linus juega con ventaja.

El manipulador jefe de los Otros ha descubierto el punto débil de James Ford: su relación con Kate. Sawyer sabe (según comenta a Munson, su compañero de prisión) que para sobrevivir en un entorno de estafadores y delincuentes debe mantenerse desligado de todo tipo de afectos por otras personas. Por eso cortó con Cassidy de la manera más definitiva: estafándole todo su dinero (2.13). Y por eso no va a admitir tampoco que tiene una hija ni a querer establecer ningún tipo de relación con ella. Pero aunque durante tantos años ha reprimido con éxito sus sentimientos, actuando tan absolutamente en contra de ellos, durante su estancia en la isla no ha podido evitar, tras casi tres meses de convivencia, encariñarse en demasía con Kate. Lo que no le ha impedido demostrar que aún así es capaz de hacerle cierto daño: descubriendo públicamente su estatus de fugitiva (1.22) o manipulándola en la estrategia de su gran estafa al grupo (2.13). Estos comportamientos insolidarios con su pecosa ocurrieron en continuidad con su estilo de siempre de no dejar que la consideración por los sentimientos de otra persona, por mucho cariño que sienta por ella, se interponga ante sus propios objetivos, que es la traducción práctica de su lema “sálvese quien pueda” o “cada cual a lo suyo” (en inglés: “every man for himself”). Pero, probablemente sin que él mismo lo sepa, su adhesión a este lema no es tan firme como él quisiera: por un lado, porque desprecia de forma sistemática su propia integridad física y hasta su vida, exponiéndose a riesgos y castigos innecesarios, pero, por otro lado, porque no puede hacer prevalecer su lema en los casos en los que se prevé causar un daño especialmente profundo e insuperable a personas que son significativas para él, aunque le suponga al mismo Sawyer una pérdida enorme: no pudo seguir adelante con el timo que podría haber estropeado la vida familiar de un niño, aun perdiendo así una gran cantidad de dinero (1.8), ni puede abandonar del todo a su hija sin dejarle un dinero suficiente para defenderse en la vida sin problemas (3.4), ni puede mantener su lucha por escapar de las jaulas de los Otros si eso supone que Kate pueda sufrir la maquiavélica tortura del ‘marcapasos’, aunque estaba dispuesto a arriesgar su vida mil veces en el proceso si era necesario. Con su bien tramada treta Ben ha conseguido acabar con la resistencia y las continuas desobediencias de Sawyer, seguramente como paso intermedio para seguir desplegando con sus cautivos su oscuro plan maestro.

Y si Sawyer, tras su sempiterna lucha contra ellos, ha caído finalmente prisionero en los lazos de sus propios afectos por otra persona, Kate ha llevado a cabo de forma similar un comportamiento totalmente opuesto a su previo recorrido vital. La joven fugitiva ha huido una y otra vez de la sujeción de unas esposas y de la posible reclusión entre rejas. Ha aprendido a reprimir su deseo de estar con familia y amigos, de establecerse de forma fija en un trabajo o en un vecindario, por la necesidad de escapar de la justicia. Sin querer en principio hacer daño a nadie (salvo a Wayne, 2.9), acaba hiriendo, de diversa manera y gravedad, a su madre (2.9), a su padrastro (2.9), a su amigo Tom (1.22), a sus compinches Jason y compañia (1.12), a su delator Mullen (1.3) y al Marshal. Kate nunca ha creído en el lema sawyeriano, aun llevándolo involuntariamente a la práctica muchas veces; en su transfondo idealista se ve más bien atraída por el lema establecido por Jack: “vivir juntos para no morir solos” (en inglés: “live together, die alone”). Las circunstancias de este episodio la sitúan en la tesitura de tener que elegir entre estas dos formas de concebir la vida, y por primera vez, su decisión fáctica (no sólo teórica) va a ser optar por renunciar a la huída, en favor de mantenerse cerca de un amigo en peligro. Ya habíamos visto asomar este comportamiento altruista en ella, cuando arriesgó su libertad por atender a Mullen una vez herido (1.3) y cuando atendió al Marshal para asegurar su supervivencia durante el accidente del avión (1.2, 1.3). Pero en este episodio el cambio de paradigma en su comportamiento es mucho más definitivo, lo que se representa de forma gráfica en su escalada por los barrotes para volver a encerrarse en la jaula. Nuestra ágil protagonista está dispuesta a volver tras las rejas, sin que nadie la fuerce a ello, sencillamente porque no puede abandonar a un amigo por cuya vida teme. En esta decisión tan emblemática ha logrado invertir su destino, pues ya no podrá aplicársele nunca más la expresión “born to run” (nacida para correr o escapar, título del espisodio 1.22).

Al final de esta escena, tras el intercambio de lemas (ese segundo “sálvese quien pueda” de Sawyer incitándola a ella a huir, ha cambiado totalmente de signo, pues ahora expresa cómo nuestro antihéroe se plantea renunciar a todo por ella), ya no estamos ante dos fugitivos de la ley que, por una ironía del destino, han sido finalmente encarcelados en unas jaulas de las que sólo desean escapar. Después de la decisión de cada uno de renunciar a su propio intento de fuga por el bien del otro, Kate y James, tras sus respectivos barrotes, son dos personas diferentes. Han decidido por primera vez dejarse apresar por los vínculos de su mutua amistad, que descubren ser más fuerte y más importante que la propia libertad. La presencia de la otra persona en su vida, sobre todo la aceptación del vínculo de su relación, relativiza absolutamente su situación y lo que hasta ahora eran sus prioridades. Quizás les ha hecho más débiles y vulnerables ante sus enemigos (como siempre han temido), pero también les ha dado una fuerza interior de resistencia antes desconocida. El que está dispuesto a sacrificar por otra persona su libertad, su integridad física e incluso su vida, ha superado el mayor de los encarcelamientos: el encierro del propio yo en sí mismo, el egoísmo de quien no se atreve a compartir su vida con otro.

La imagen de estas dos personas, separadas varios metros por sus jaulas, ha dejado de simbolizar la distancia de la incomunicación entre ellos, la etapa en que cada uno alza sus barreras frente al otro por el temor de acercarse y abrirse de más, para pasar a significar la voluntaria restricción de ambos a un entorno común en el que poder profundizar en la relación, aunque suponga una importante renuncia, aunque a veces duela...

Mientras, en otra estancia de la estación Hydra, Jack ha sido liberado temporalmente de su antro subacuático para ayudar en la operación de Colleen. El cirujano parece haber vuelto a su rutina habitual, salvo que no tiene todos los medios adecuados para realizar su tarea con éxito y que se mantiene su estatus de prisionero bajo el juego manipulador de sus captores. El esforzado doctor ha intentado una y otra vez enfrentar a sus oponentes entre sí, adivinar sus intenciones, obtener información sobre sus amigos... pero lo que no puede dejar de hacer es operar con intención de curar a la persona que yace bajo su bisturí, por muy enemiga que sea, y parece que esa baza es la que podrían querer aprovechar los Otros de él en un futuro próximo.

Al mismo tiempo, en otro punto de la isla, quiero decir, en la otra isla (la que hemos aprendido a conocer y amar), Desmond se esfuerza por utilizar sus nuevos poderes a favor de sus amigos, aunque ocultándoles lo que realmente le está pasando, lo cual va a requerirle una buena dosis de inventiva y el tener que afrontar la extrañeza creciente en el campamento hacia su forma de actuar. No olvidemos que Desmond es el ex-preso por antonomasia, tras su salida de la cárcel militar escocesa y su reciente “escapada” del encierro en la estación Cisne. Tanto Jack como Desmond, se encuentran sin embargo “prisioneros” de su especial capacidad de ayudar a los demás, una vez que han asumido la responsabilidad de poner esta capacidad al servicio de los otros por encima de sus propias necesidades, intereses y deseos. Se trata de una vinculación voluntaria, del compromiso profundo de una persona con su misión, lo que por supuesto exigirá de esa persona ciertas renuncias.


Pistas para adentrarnos en los entresijos de estos temas:

- “Una persona enloquece si no tiene a nadie”, dice (más o menos) Ben a Sawyer citando De ratones y hombres. Esta frase subraya la falacia del “sálvese quien pueda”, de la idea de que uno debe esforzarse en cuidar sólo de sí mismo y pasar de cuidar de los demás. El mismo Sawyer, tras intentar ese camino repetidamente, sólo había conseguido odiarse a sí mismo y no considerarse capaz de nada bueno (2.13), de donde surgía su tendencia autodestructiva. No solamente nos es literalmente imposible sobrevivir solos, por lo que nos resulta rentable cuidar de los demás (sobre todo en una situación tan extrema como la de nuestros “perdidos”), sino que, en última instancia, una vida vivida exclusivamente para uno mismo acaba siendo tan profundamente insatisfactoria que uno pierde el deseo de seguir viviendo. Las relaciones con los demás, los sentimientos de afecto, el reconocimiento de los otros, el sentirnos útiles, el amor... son los responsables de que una vida humana se sienta plena, que se perciba como llena de sentido. Sin un ‘tú’ al que dirigirnos perdemos el sentido del propio ‘yo’.

- Los Otros han actuado de catalizadores para que se produzca el cambio que hemos comentado en Sawyer y Kate, forzándoles a estar juntos, a sentirse responsables el uno del otro. Pero sólo el cruel exabrupto del carcelero Danny Pickett facilitará que se dé un paso más: nos ofrece el momento en el que Kate ha de plantearse si debe hacer una confesión de amor, sincera o no, para aliviar la situación de su compañero. Asustada por la falta de reacción en él y abrumada por el trato brutal al que está siendo sometido, accede a decir “le quiero”. Nuevamente podemos ver aquí un simbolismo ulterior: sólo la extrema vulnerabilidad de Sawyer permite arrancar esa confesión de amor en Kate. Destruir las barreras que alzamos para defendernos de nuestros sentimientos más sublimes y delicados requiere una enorme valentía; despojarnos de nuestras corazas protectoras es un paso muy difícil de dar. Pero la vida nos asalta por medio del dolor, la enfermedad y el fracaso, haciéndonos vulnerables sin querer, lo que puede conllevar en algunos casos el inesperado regalo de llevarnos a una mayor cercanía con los demás. Cuando queremos encadenar dos eslabones de una cadena, debemos primero forzar la apertura de al menos uno de ellos, y luego obligar al otro literalmente a pasar por el aro, a quedar vinculado. Estos procesos son similarmente dolorosos cuando se trata de vincular afectivamente a dos personas. Nuestra sociedad del bienestar no nos acostumbra a aceptar ningún tipo de sufrimiento voluntariamente, por eso quizás debemos agradecer ciertas situaciones dolorosas que producen en nosotros la vulnerabilidad necesaria para poder abrir nuestro fondo más hermoso a los otros y recibir a cambio el don de su intimidad.

- Amamos la libertad y la defendemos como uno de los derechos más genuinos del ser humano. Pero, como muchas otras facetas de nuestra vida, la libertad es altamente paradójica. Valoramos la capacidad de poder decidir en cada momento qué hacer y cómo, qué pensar y qué actitud tomar. Pero los logros más importantes de la persona humana se consiguen en un proceso a largo plazo, de esfuerzo continuado y persistente porque funcione una relación de amor, o de dedicación casi exclusiva a una profesión exigente, o de entrenamiento abnegado de los propios dones para poder entregarlos al servicio de la comunidad. No nos gusta que nos obliguen a estar en un mismo sitio mucho tiempo, o a compartir un mismo espacio con personas que no nos agradan. Pero a veces una limitación externa que te obliga a enfrentarte a tu miedo, a tu inconstancia, a tu deseo de escapar, puede hacerte también el regalo de descubrir que puedes realmente aguantar ahí, que incluso quieres permanecer en ese puesto y dedicarte plenamente a él, porque has encontrado su verdadero sentido. Por supuesto que el compromiso personal con una relación, profesión o misión, sólo será genuino y gratificante una vez sea asumido voluntariamente por la persona, cuando ella asuma gustosa la aparente jaula que va a permitirle desarrollar ese potencial. Pero a cuántas personas les hubiera sido imposible dar ese paso si las circunstancias, extrañamente confabuladas, no les hubieran situado en un cierto lugar forzándolas por un tiempo a permanecer en él. Mantengamos los ojos abiertos ante la posible acción de ‘Otros’ en nuestra vida, que bajo aparente fastidio, están catalizando una transformación nuestra para mejor. (Sea dicho esto como invitación a estar atentos a los posibles misterios y paradojas que pueden sorprendernos en nuestra vida, no como apología de la manipulación voluntaria de unas personas por parte de otras).

Amparo
Editado el 6 de Noviembre de 2007, por una pequeña corrección estilística.

lunes, 8 de octubre de 2007

3.3. Instrucciones Adicionales

Locke despierta tumbado en medio de la selva... y no puede usar su voz. Desde el cielo parece recibir un aviso poco amigable en forma del bastón de Eko cayendo sobre él, mientras la figura de un Desmond desnudo y desorientado le ronda entre la maleza: Se trata del resultado de la implosión que se produjo en la estación Cisne tras el accionamiento de la llave de seguridad; los tres personajes implicados en aquella situación son presentados (aunque de muy diversa manera) en esta primera secuencia del capítulo.

Locke se ha quedado sin habla. Esta situación recuerda al Eko que decidió no decir ni una palabra durante 40 días. Quizás también ahora el ex-paralítico está aquejado de una culpabilidad que debe expiar. Recordemos que sus últimas palabras de la temporada anterior fueron: “me he equivocado”, mientras que un poco antes afirmaba creer estar salvando a todos mientras destrozaba el ordenador. Probablemente al despertar, sorprendido por encontrarse aún vivo, le ha atenazado un profundo sentimiento de arrepentimiento por su gran error: por malentender las orientaciones de la isla en relación con la Perla, por enfrentarse equivocadamente a Eko incitando a que éste se pusiera en peligro, por forzar lo que parecía un sacrificio definitivo de Desmond. Sumido en esta situación anímica Locke decide ponerse en contacto con la fuente de su espiritualidad, la isla, para recibir instrucciones adicionales, y lo hace por medio de un ritual que aprendió en otros tiempos, un ritual en el que uno, con la ayuda de sustancias alucinogénas, trata de averiguar cuál es su misión dentro de una comunidad.

Locke ha perdido el habla por haber dejado de creer en su misión (recuerda a Zacarías, el padre de Juan Bautista, que perdió el habla temporalmente por su falta de fe); puesto que ha perdido el norte (“eleva tus ojos y mira hacia el norte, John”, le dice el bastón de Eko) se le retira la capacidad de comunicarse con los demás, de orientarles. Por eso es por lo que John entiende que lo primero que debe hacer es buscar la reconciliación con su entorno, con la isla y con su propio ser, antes de preocuparse por todos y cada uno de los amigos que están en este momento en peligro. Locke debe reencontrar primero su propio camino, redescubrir quién es. En el episodio 2.21 había creído entender que su vida era algo lamentable y sin sentido, y buscando de nuevo ser útil e importante se propuso terminar con la extraña misión de pulsar la tecla del ordenador. Al reconocer que esta idea suya era errónea, no cae en la desesperación sobre su persona, sino que vuelve a reencontrar la fe y su sensación de destino al reencontrarse con la isla.

Un primer paso es acercarse a Charlie, a pesar del resentimiento de éste, volver a demostrarle que confía en él. Y un segundo paso es solicitar a Boone que le perdone, cuando la imagen de su joven aprendiz se le ofrece como guía en una extraordinaria visión, en la que de alguna forma Locke relee su relación con la isla desde el principio. Locke, de nuevo paralizado, es llevado en su silla de ruedas a recorrer el aeropuerto de partida. Desde su posición de impotencia, aunque ayudado y guiado por Boone, observa a sus compañeros, a los miembros de los que luego serían su nueva familia, aquella comunidad a la que está llamado a pertenecer y a servir, incluso a orientar, si es que vuelve a recuperar sus habilidades (el habla y el uso de sus piernas). Charlie, Claire y Aaron están bien de momento; Sun y Jin sufren algún tipo de conflicto, pero Sayid les acompaña y cuida de ellos. Hurley se encuentra tras el mostrador de Oceanic con acceso al ordenador, quizás porque es el que cuenta con una información extra es representado en la persona a la que debe acudir cada pasajero para recibir las instrucciones de lo que debe hacer en el aeropuerto. Poco después Locke ve bajar a Desmond por una escalera mecánica con uniforme de copiloto y rodeado de azafatas. Desmond se une a la comunidad de una manera diferente, no es un pasajero esperando para volar sino que proviene de otro vuelo que él mismo dirigía. Más en concreto, tras la implosión de la estación Cisne, Desmond está en proceso de descenso desde un nivel superior, literalmente aterrizando, situación que parece otorgarle los medios para “ayudarse a sí mismo”. Locke es la persona que está buscando la manera de acceder a ese nivel superior con el que ha perdido contacto, y por eso Boone le deja al pie de una escalera mecánica ascendente. Sólo llegando arriba podrá descubrir de nuevo su misión y su destino, pero se le presenta como una tarea penosa desde su posición en la silla de ruedas. La escalera mecánica es sin embargo el instrumento facilitador de esta tarea. Aunque semidesnudo e imposibilitado de usar sus piernas, Locke activa su fuerza de voluntad, abandona su silla de ruedas y toma este medio especial de elevación para subir de nivel y reencontrar así su norte (en el bastón ensangrentado de Eko) y su verdad: sus manos están ensangrentadas, ha hecho daño a Boone y ha hecho daño a Eko, pero le es dado el don de reparar sus errores (al menos en el caso de Eko). El reconocimiento de su culpa y su compromiso con la reparación de su error dan fin a la paralización y al bloqueo de sus capacidades: Locke puede volver a hablar y a caminar, y reactivando sus habilidades como rastreador y cazador asume la tarea de liberar a Eko del animal que le ha capturado. Ha vuelto el Locke que se encuentra en la isla como en su propio terreno y sabe qué es lo que tiene qué hacer. Aunque tras su experiencia previa, sabe ahora que su discernimiento puede fallar y que no debe arrastrar a los demás en pos de él con tanta seguridad en sí mismo, si no quiere ponerles en peligro. John advertirá a Charlie una y otra vez, que le deje ir solo, que no debe arriesgarse a ir con él.

En la visión del aeropuerto John había visto también a Kate y a Sawyer, esperando en una fila para pasar ante el sondeo del agente de seguridad: momento que afrontaba en ese momento Jack ante el mismísimo Ben Linus (aún ‘Henry Gale’ para nuestro atribulado protagonista). Locke se hace consciente del peligro en que están sus amigos, y de alguna manera se siente responsable de ellos, pero una pared de cristal le separa de ese lugar, por lo que entiende que su rescate no es la tarea que debe afrontar de momento.

Sin embargo, tras encontrarse con Hurley en la selva y de este modo enterarse del secuestro llevado a cabo por los Otros, Locke sentirá que esa es claramente su próxima misión. Convicción que se ve reforzada tras su éxito en el rescate de Eko, lo que también le hace recobrar de nuevo el respeto y la amistad de Charlie. Superada la reparación de su desaguisado, John se plantea ya asumir el rescate de los tres cautivos, misión que le es extrañamente confirmada por boca de su inconsciente amigo. Pero no sólo John y Eko han participado de esta extraña toma de conciencia de la pendiente misión de rescate, sino que también Desmond, desde una cierta posición privilegiada (recordemos su uniforme de copiloto y su descenso desde un nivel superior en la visión) ha captado esta decisión. A él le ha sido dado presenciar de forma anticipada el discurso de Locke a los supervivientes de la playa.

Uno tras otro se van reincorporando a la comunidad: Charlie y Locke traen a Eko herido, Hurley acompaña a Desmond de vuelta a la civilización prestándole su camiseta. Con la implosión de la estación los tres personajes han cambiado: Locke, tras todo su proceso de reconciliación, ha reencontrado su destino como cazador y una misión; Eko, que estuvo dispuesto a lo que fuera necesario para salvar a todos en la crisis del Cisne, ha sido rescatado con vida y llevado al campamento. Desmond, también dispuesto a entregar su vida, tras un misterioso proceso en el que perdió su ropa y ganó ciertas capacidades nuevas, trata de reencontrarse a sí mismo y su lugar en esta nueva situación. Charlie y Hurley, siempre disponibles a ayudar a los demás, son testigos de todos estos acontecimientos mientras tratan de entender qué es lo que está pasando. El episodio termina centrando la imagen en Desmond, señalando así al nuevo misterio que este personaje alberga, mientras Hurley, sorprendido, imagina en él extraños poderes.



Pistas para adentrarnos en los entresijos de estos temas:

- Locke recuerda en su pasado una ocasión en la que había sido utilizado en contra de su voluntad por su excesiva credulidad hasta llegar a poner en peligro a su ‘familia’. Se ofreció entonces en seguida a reparar el daño causado, lo que en aquella ocasión significaba matar al que había acogido como joven protegido. Su conciencia estaba sin embargo alerta y le advirtió a tiempo de que esta ‘reparación’ producía aún más daño del que trataba de evitar. Locke sigue cayendo una y otra vez en conflictos internos muy complicados debido a su relación familiar con personas que actúan fuera de la ley, como le había ocurrido con su padre. Su deseo de ser querido, de pertenecer aalgo, de colaborar siendo uno más dentro de una comunidad se ve traicionado una y otra vez cuando escoge pertenecer al grupo inadecuado.

- Un análisis del proceso de reconciliación por el que pasa Locke en este episodio ofrece ideas interesantes. Se reconcilia con los compañeros a los que ha hecho daño, tanto recientemente (Charlie y Eko) como en el pasado (Boone), pero también se reconcilia con su entorno físico (la isla) y con un poder superior (que en su caso es el extraño poder de la isla al que ha otorgado su fe). Tras haber cometido tan grave error sus capacidades están bloqueadas y requiere de esta sanación a todos los niveles de su existencia. Ante este tipo de situaciones en que se ha hecho daño a una persona o a una comunidad, no es suficiente con admitir el error y quizás justificarlo, diciendo que se hizo por mejor. No es suficiente con racionalizar que en el fondo quizás fue mejor así, pues en el caso de Locke realmente al final libró a todos de la esclavitud de pulsar la tecla del ordenador. Se ha producido un desequilibrio interno en la persona, en su relación con los demás, con la naturaleza y con el ámbito espiritual, y por eso es necesaria la reconciliación a todos esos niveles.

- Sin embargo a esta serie le encanta presentar una y otra vez los problemas desde puntos de vista opuestos. El principio “repara el desaguisado que has preparado” parece una máxima adecuada para este tipo de casos: si has puesto a alguien en peligro tienes que ayudarle a recuperarse aún arriesgando tu vida si es necesario. Pero esta misma máxima es la que casi le lleva a matar al joven Eddie. A la máxima le falta un criterio de verdad: asegurarse de cuál es el verdadero daño cometido y cuál es la verdadera reparación requerida. Es la razón por la que muchas veces se necesita recurrir a una tercera persona, a alguien de conciencia rectamente formada que pueda ayudar a discernir correctamente el proceso de reconciliación. Tampoco es adecuado quedarse sin hacer nada pensando que es difícil discernir, pues, como se ha simbolizado tan claramente en el caso de Locke, la situación le estaba bloqueando, imposibilitando que pudiera ejercer sus capacidades para poder asumir el papel que le corresponde en esta comunidad.

- Los fenómenos psico-relacionales que hemos mencionado tienen su parte también en el sacramento cristiano de la penitencia o reconciliación, aunque como tal sacramento este proceso añade una gracia especial de Jesucristo que además del perdón obra una transformación en la persona capacitándola para ser mejor y adecuarse más a lo que está llamada a ser. El sacramento produce un efecto que puede ser simbolizado por una curación (como la que recibe Locke al recuperar el uso de sus piernas y del habla). Del mismo modo encontramos muchas veces en los evangelios cómo Jesús asocia a sus curaciones las palabras “tus pecados te son perdonados”: la curación física simboliza la curación psicológica y espiritual que produce el perdón de Dios.

Amparo
Editado el 17-10-2007 a las 15:20 para añadir algunas matizaciones.
Editado el 25-10-2007 a las 0:05 para hacer pequeñas correcciones.

3.2. La bailarina de cristal

La pequeña Sun rompe una preciosa figurita de cristal pero, incapaz de afrontar la posible ira de su padre, decide echarle las culpas a otra persona, que cargará por tanto con las consecuencias. La silenciosa coreana se nos muestra como una persona con experiencia en la mentira y con cierta tendencia a hacer pagar a los demás sus errores. Pero ¿es Sun capaz de matar? Y su marido, Jin, que tantas veces actúa como especial mensajero del mafioso de su padre, ¿es él capaz de matar? Es una pregunta que la serie nos ha planteado ya otras veces con respecto a otros personajes principales: Kate, Sawyer, Eko, Ana Lucía, Sayid, Michael, Charlie, Desmond y Jack han matado ya alguna vez a alguien (Shannon ha estado por su parte a punto de hacerlo, 1.21). Pero, a pesar de esto, Colleen parece muy segura de que Sun no tiene madera de asesina, hasta que recibe un certero disparo en sus entrañas...

La joven esposa, recientemente embarazada, no está dispuesta a caer en manos de los ‘otros’. Las palabras de Colleen no la convencen de que los que han asaltado el barco no sean enemigos a temer, sobre todo después de haber oído decir a Sayid que parece que este misterioso grupo ha capturado a Jack y a los suyos y haber ponderado los planes forjados por el iraquí para obtener información al respecto. A Sun no se le pasa por la cabeza defender el velero ni capturar prisioneros, su instinto le impulsa a escapar para salvar la vida, para no dejar que la separen de Jin. Éste por su parte se ve durante unos minutos en la misma desesperada situación en la que estuvo Michael al final de la primera temporada: mirando impotente desde el agua un barco que se aleja con la preciada carga de un ser querido; en este caso de dos, pues su mujer alberga en su vientre a su hijo.

¿O no es de Jin este bebé? La tensión sufrida en su matrimonio había finalmente puesto a Sun en brazos de Jae Lee, el joven heredero de una cadena de hoteles que le había enseñado a hablar inglés. Jin se ve obligado por su suegro a matar a este hombre, sin saber la razón que le ha hecho merecedor de semejante castigo. Pero toda la presión de Paik no consigue hacer de Jin un asesino, sino que decide dejar vivir a su víctima después de una formidable paliza (no sabemos si habría disparado el arma en caso de haber sabido la traición de su esposa, nuestro coreano ciertamente tiene tendencia a dejarse llevar por la ira de forma violenta). La difícil situación de conciencia de Jin no se ve aliviada cuando el desesperado amante decide terminar con su angustia lanzándose al vacío. Probablemente nuestro amigo se sintió igualmente culpable de esta muerte que si le hubiera matado con sus propias manos. Lo mismo parece ocurrirle a Sun, aunque en seguida pasa de nuevo a preocuparse principalmente de sí misma, pues vemos que durante el funeral de su amigo parece que lo único que le importa es que su infidelidad no llegue a oídos de su marido. La mortal caída de Jae Lee, paralela a la caída de la bailarina, expresa el enorme daño que es capaz de infligir Sun a sus semejantes a causa de sus mentiras. O, visto de otro modo, las terribles consecuencias que puede desencadenar el miedo que le inspira su padre. Tanto Paik, como Sun y Jin, han tenido su parte de culpa en esta desgracia, pero todos ellos mantienen el honor y el buen nombre, mientras que el muerto –culpable también, como adúltero y como suicida– yace en su tumba (o es quizás reducido a cenizas).

A la puerta del hotel, Jae Lee había pedido a Jin una vez la flor de su ojal (2.5) para poder ofrecérsela caballerosamente a Sun; ante la misma puerta parece devolverle muerto el favor en forma de un collar de perlas. Recordemos la ilusión de Sun en aquel primer encuentro, la inocente galantería de Jae Lee que estaba prometido a otra mujer, el honor que sintió Jin al poder servir al hijo de su patrón esperando así ganar puntos para poder ascender más pronto, todas aquellas emociones quedan manchadas en el terrible suicidio en que ha desembocado el encuentro entre estas tres personas. El matrimonio Kwon, que en Seúl iba dejando un rastro de muerte, se encuentra bendecido en la isla por una nueva vida, quizás proveniente del mismo hombre que quiso arriesgarlo todo por no compartir a Sun.

De momento los Kwon celebran su alegría de volver a estar juntos tras el peligro corrido por Sun, mientras Sayid respira aliviado de que su desafortunado plan no haya producido más pérdidas que la del barco. Resignados a no poder ayudar de momento a aquellos de sus amigos que han sido traicionados y capturados, los tres deciden volver a la playa en la que se encuentra su campamento.

Kate y Sawyer, por su parte, son utilizados para trabajos forzosos picando piedras en un descampado. Pickett (desconocedor de la suerte de su pareja Colleen a manos de Sun) vigila receloso que sus prisioneros acaten puntualmente sus órdenes, pero Sawyer no puede estar mucho tiempo sin provocar a los que le rodean. El impulsivo sureño se lanza a besar a Kate, sabiendo que esta acción provocará un revuelo del que pretende sacar partido (lo que no quita que valorara el beso de la pecosa por encima de toda posible represalia en forma de descarga eléctrica). Nuestra heroína descubre en este escarceo el verdadero nombre de su compañero, James, y también algo más sobre su astucia y arrojo cuando por la noche en las jaulas éste le comparte sus descubrimientos sobre la capacidad de lucha de sus guardianes. Concentrados el uno en el otro, no se dan cuenta de que ninguna de sus palabras escapa al circuito cerrado de televisión ante el que vigila Ben.

Varias personas sufren en este episodio por no saber el paradero de alguna persona querida: Hemos visto a Sayid, Sun y Jin preguntándose que habría pasado con Jack y compañía puesto que no acuden a su cita junto al fuego y cómo Sayid, y especialmente Jin, sufren por Sun durante el ataque de los ‘otros’ al barco. En el descampado, Kate pregunta por Jack sin obtener respuesta y Alex por Karl, con el mismo resultado. Finalmente, el propio Jack pregunta a un aparentemente amistoso Ben por sus amigos Kate y Sawyer, pero el elusivo jefe de los ‘otros’ se niega a responderle.

Sin embargo, Benjamin Linus ha decidido revelar cierta información a su prisionero, instándole a que sea paciente, cambie su perspectiva y se avenga a colaborar con él en algo que le pedirá próximamente. Con un estudiado golpe de efecto, facilitado por un televisor en el que reproduce la final de los Red Sox frente a los Yankees, Ben demuestra a Jack que tiene contacto con el exterior y le promete que le enviará a casa (a Los Angeles) si se decide a ponerse de su parte. Esta información impresiona profundamente a Jack. Desde la oscuridad de su mazmorra se le abre una ventana al mundo. No se trata sólo del cristal o la puerta que le abre al manipulador contacto con los otros, sino que se le promete una salida que le lleve directamente fuera de la isla, a su país y a su casa. La realidad que durante tanto tiempo (69 días, dice Ben) le ha parecido tan inalcanzable, aparece ahora ante sus ojos en la forma de una inesperada victoria del desafortunado equipo de los Red Sox, quienes demuestran finalmente al mundo su valía. En esta isla abandonada de la mano de Dios le ha sido permitido conocer cómo el equipo perdedor que su padre utilizaba en sus dichos sobre la mala suerte (1.16) ha podido romper su racha aciaga y alzarse con una sonada victoria. El verde campo de juego reflejado sobre su rostro a través del televisor y del cristal de su celda produce en nuestro doctor un nuevo atisbo de esperanza. Ciertamente los ‘otros’ son ladinos y embusteros, pero quizás entre sus amenazas pueda aún encontrarse la anhelada oportunidad de salvación que ya no osaban soñar nuestros supervivientes.


Pistas para adentrarnos en los entresijos de estos temas:

- Sabíamos que Jin tenía tendencia a desahogar su ira con la violencia, pero le hemos visto detenerse ante el límite que supone el respeto a la vida de un semejante. Sus acciones punitivas a las órdenes de Paik, le han resultado siempre desagradables, pero se creía obligado a obedecer a su suegro para mantener su matrimonio con Sun. Su fidelidad a la familia podía estar por encima del derecho de los demás a su integridad física personal, pero no por encima del derecho de otro ser humano a la vida.

En la muerte de Jae Lee entra en juego en primer lugar su relación adúltera con Sun, de la que ambos son culpables. La mentira de Sun a su marido no es tan grave como este acto, que podemos considerar también como una culminación de su tendencia a mentir. El padre de Sun toma cartas en el asunto decidiendo la muerte del amante de su hija, que debe llevar a cabo su yerno. En su código de honor las cosas tienen que ser así. Y es aquí, en esta decisión, donde se fragua el horror de este asesinato. Jin se libra de la responsabilidad directa en la muerte del joven calvo, pero no puede evitar una terrible amargura por la situación en la que se ha visto envuelto. Sun tendrá que llorar a su amigo a solas y cargar para siempre con este secreto. Pero es ciertamente Paik el culpable de toda esta angustia que sufren sus hijos. Su manera mafiosa de proceder es la que ha truncado desde el principio la felicidad de este matrimonio. Es probable que la tendencia a mentir de la pequeña Sun también provenga de los estrictos métodos de su padre.

Sun ha seguido mintiendo a su marido: no le dijo que era infértil (2.16), pretendió escapar de su lado durante el viaje a Australia (1.6), le ocultó que sabía inglés en la isla (1.1-1-17), quiso enfermarle para que no se fuera en la balsa (1.22), no quiso hablarle en un principio de su embarazo (2.16) y apoyó ocultamente las decisiones de Sayid en el barco y en el muelle en contra de los deseos de Jin (3.2). A éste le duelen profundamente estas mentiras, se siente traicionado por su mujer, pero de alguna forma parecen haber alcanzado un punto en su relación en el que todo esto puede ser perdonado. Ante la posibilidad de haberse quedado sin ella, el joven coreano abriga a su mujer y acaricia su vientre recordándole que no sabría qué hacer si Sun le faltara.

La historia de esta pareja nos muestra cómo el mal que procede de Paik tiene un alcance insospechado, con capacidad de destruir no sólo a sus enemigos sino a las personas que más quiere. Por otro lado, este matrimonio herido pero basado en un profundo amor, es capaz de levantarse del miserable estado al que había llegado y resurgir en la comprensión y el perdón con el firme deseo de permanecer siempre juntos, pase lo que pase.

Amparo

3.1. Historia de dos ciudades

Jack despierta en un antro cerrado y maloliente, medio drogado y hambriento intenta descubrir el modo de salir de allí; explora la puerta cerrada, el intercomunicador averiado, las cadenas que cuelgan del techo... hasta darse de bruces con un cristal a prueba de golpes que separa la estancia en dos partes: dos mundos separados de contextos muy diversos, pero llamados a encontrar algún tipo de entendimiento entre sí. Juliet, la persona que aparece al otro lado del cristal, intentará conseguir una actitud colaboradora por parte del buen doctor que ostenta contra ella toda su agresividad.

Desprovisto de su libertad, preocupado por sus amigos, desconfiando al máximo de la persona que se presenta ante él y de la cámara que vigila todos sus movimientos, Jack está a punto de tocar fondo física y anímicamente, pero seguirá presentando batalla mientras le queden fuerzas. No hay para él luz, ni agua, ni comida, ni ningún tipo de compañía si no es a través de la mujer desconocida de voz suave que parece querer ganarse su confianza. Sin embargo el testarudo doctor no va a ceder tan fácilmente.

Unas imágenes de su pasado vuelven una y otra vez a su cabeza: aquella etapa tan angustiosa en la que no acababa de asumir la traición de su mujer. ¿Qué había pasado para que ella le abandonara así? ¿Quién y cómo era aquel hombre que le arrebataba a Sarah? En el colmo de su desesperación cree adivinar que su padre, que tantas veces le ha fallado, es el culpable de este nuevo golpe bajo que recibe en su vida, y tras abalanzarse vengativo sobre Christian acaba con sus huesos en la cárcel. Jack, sin saber cómo gestionar su frustración y su dolor, se está convirtiendo en un hombre peligroso, inadecuado para la sociedad y para mantener sus responsabilidades como cirujano. Su dificultad en aceptar su fracaso matrimonial, aparte de agobiar a su ex-mujer va a producir, como daño colateral, una irrecuperable recaída en la destructiva adicción de su padre.

La única salida a aquella situación consistía en aceptarla, dejar de luchar contra ella, dejar de intentar controlarla y comprenderla, dejar irse a su mujer. Derrotado, al final del episodio, Jack parece haber aprendido esta lección cuando la única pregunta que antes le inquietaba con respecto a su mujer (¿quién es él?) se transforma en “¿es ella feliz?”. Ha asumido que su vida debe seguir adelante sin Sarah y ya sólo le importa saber si ella al menos consiguió la felicidad anhelada.

¿En qué ayuda esto a su situación en la isla? Nuevamente se encuentra ante una joven que trata de imponerle una serie de condiciones, condiciones a las que él no quiere plegarse y que son de todo punto injustas. Pero, sencillamente, de momento no le cabe otra opción, lo más sensato parece ser aceptar estas exigencias esperando que se presente una ocasión mejor.

Y volvamos con Juliet: su personaje es reflejo del de Jack al otro lado del cristal. Ella también es médico y está obligada a manejar a este prisionero según las órdenes de Ben (el ex-prisionero del búnker que decía llamarse Henry Gale), hasta el punto de jugarse la vida en ello si las circunstancias lo requieren. La mujer que al principio del episodio se muestra angustiada en el espejo y manifiesta desafiante sus diferencias de criterio con el líder de su grupo ha de utilizar todos sus recursos para quebrar la testarudez de su cautivo.

Los dos personajes se encuentran encerrados el uno frente al otro, forzados a interaccionar en una situación extrema. El cristal les separa pero también les ofrece la oportunidad de relacionarse con cierta libertad, evitando otro tipo de restricción física más coercitiva. La imposibilidad de comunicación por la separación es superada por un interfono. Se trata de diversos medios artificiales que, aún separándolos, les permiten dialogar y avanzar poco a poco en un conocimiento mutuo. La relación entre ellos es, sin embargo, totalmente asimétrica. Jack no sabe nada de esta gente que le ha capturado, de este sitio donde le han encerrado, de esta mujer que ocasionalmente le trae comida, salvo su nombre. Juliet, por su parte, presume de saber todo sobre él. Accede a confirmar que se hallan en una estación de Dharma, pero no da muchas explicaciones de la relación que esta organización tiene con el misterioso grupo de habitantes de la isla al que ella pertenece.

Ni Juliet ni Sarah estaban por la labor de aliviar la angustia de Jack, las dos adoptan una injusta posición de fuerza. Jack, destrozado, se ve obligado en ambos casos a pasar por el aro. Y en ambos casos tras la figura femenina se encuentra la voluntad de un hombre oculto y misterioso, que no da la cara, pero que tiene en su mano las respuestas que Jack necesita. Para saber lo que está pasando y por qué, el doctor quiere conocer la identidad y motivaciones del hombre que de este modo está forzando profundos cambios en su vida. La pregunta “¿quién es él?”, que obsesiona a Jack en este primer capítulo, se nos presenta así, si bien indirectamente, como una de las cuestiones centrales de la tercera temporada: nos acompañará hasta que los guionistas revelen la verdadera identidad del jefe de los otros.

El misterioso ‘Henry’, que estuvo varios días encerrado por Jack y Locke en la estación Cisne, inicia la tercera temporada sometiendo a prisión y estrecha vigilancia al líder de nuestros ‘perdidos’. Esperamos que este tipo de interacción entre ambos líderes, aunque en intensa desigualdad de condiciones, nos ofrezca la oportunidad de conocer a este inquietante hombrecillo un poco mejor. De momento se nos ha permitido, aunque algo avaramente, saber su nombre: Ben (aunque ya es más de lo que Jack consiguió saber sobre la nueva pareja de Sarah).

Pero el atribulado doctor no ha sido el único personaje capturado por los ‘otros’. Sawyer se encuentra encerrado en una jaula para osos, siendo inicialmente el poco comunicativo Karl su único contacto humano. En una sutil alusión a la situación de Taylor en el planeta de los simios, Sawyer se ve degradado a la condición propia de un animal enjaulado. Acostumbrado a poner en marcha todos sus recursos en situaciones límite, en seguida trata de discurrir la manera de hacer funcionar la extraña maquinaria expendedora de comida y agua, pero tras llevarse algunos palos (mejor dicho, una fuerte descarga eléctrica) en el proceso, el resultado es profundamente insatisfactorio e inapropiado: una galleta de pescado y una ración de alimento para osos. Me pregunto si esta situación tan surrealista no representa en cierto modo una constante en la vida de nuestro querido estafador: privado desde su más tierna infancia del cariño y cuidado de sus padres, expuesto a un trato inhumano y degradante por parte de socios manipuladores, la respuesta al despliegue de sus mejores cualidades habría sido en la mayoría de los casos una mera recompensa material, sin alcanzar el grado de sofisticación requerida por el trato amistoso y humanizador de personas que se valoran y respetan entre sí. El intento de fuga iniciado por Karl se convierte en un breve momento de libertad que a la larga revierte en más palos (nuevas descargas eléctricas) y en un renovado encierro en su jaula. Imagen quizás de las breves escaramuzas humanizantes que Sawyer ha protagonizado y que invariablemente le han llevado a nuevas desilusiones. Este hombre enjaulado, sus sentidos e ingenio totalmente alerta y despiertos, espera la ocasión de ser redimido y liberado de la cárcel de su propio y deshumanizador autodesprecio.

Los intentos de fuga de Sawyer y Jack, ambos truncados por Juliet, no llegan muy lejos. Pero es sorprendente cómo Kate, la fugitiva experta en escapar de la justicia, aun afrontando un cautiverio mucho más suave se encuentra mucho más apocada que sus dos compañeros de infortunio. A Kate le han ofrecido una refrescante ducha, ropa nueva y una mesa bien provista como desayuno. Es verdad que el vestido que se ha visto obligada a ponerse no es de su estilo y que las palabras de Ben junto al mar no eran muy tranquilizadoras, pero su sumisión a ponerse las esposas y su abatimiento al entrar en las jaulas demuestran un acatamiento extraño en esta joven tan luchadora. Kate ha sido tratada con mucho mayor civismo que Jack y Sawyer, lo cual indica una cierta sensibilidad y respeto por parte de sus captores, ¿o es todo parte de algún maléfico plan? Es sin embargo el maltratado Sawyer quien se vuelca en complacerla en cuanto tiene a su pecosa a la vista: le ofrece su consuelo y su comida, defendiéndose de la situación con su habitual ironía.

La experiencia de cada uno de los tres cautivos es muy diferente, pero Sawyer y Kate disfrutan de la ventaja de estar al aire libre y de su mutua compañía, de la tranquilidad de conocer la suerte de al menos uno de sus compañeros. La guerra psicológica a la que se ve sometido Jack en su oscura mazmorra subacuática es mucho más extenuante, en contraste con la actitud suave de su inflexible guardiana.

El ojo de Juliet y su imagen atribulada en el espejo, con el transfondo de la canción “Downtown” de Petula Clark (no, Petula, ninguno de nuestros protagonistas puede resolver sus problemas actuales acercándose al centro de la ciudad a hacer unas compras o ir al cine, ¡qué más quisieran!), abren la tercera temporada con un intenso interrogante sobre el mundo de los ‘otros’. En paralelo con el personaje de Desmond en la segunda temporada, este nuevo personaje parece ser el elegido para, a través de su conflicto interno a la sombra del misterioso Ben, explorar las motivaciones de este grupo de personas y las diversas dinámicas de la aparentemente apacible comunidad isleña que forman. El accidente del vuelo 815 sobre el cielo de la isla resquebrajó el equilibrio de esta comunidad, entre otras cosas dando lugar a la nueva comunidad de los ‘perdidos’ en la playa. Dos comunidades distintas, representadas por sus dos líderes Jack y Ben, claramente enfrentadas. Los conflictos personales de unos y otros, sus intrincadas relaciones y la problemática interna tanto de cautivos como de captores, irán interaccionando en la historia de la tensa relación entre estas dos ciudades...


Pistas para adentrarnos en los entresijos de estos temas:

- En la estación Hydra, el intento de escapar de Jack es totalmente destructivo. Por poco acaba con su vida, la de Juliet y con toda la instalación subacuática. Esta situación es paralela a la obsesión que sufre por saber quién es el amante de su mujer. Él cree que esa es la única salida a su angustia, pero por ese camino agobia a todo el mundo y finalmente se lleva por delante la única ocasión de que su padre superara el alcoholismo. En ambos casos su fijación en abrir lo que cree una salida, desoyendo los avisos de personas de las que desconfía, le lleva a poner en peligro a mucha gente. Igual que Sarah acude a la cárcel en su auxilio para después herir sus sentimientos de manera inmisericorde, Juliet (obligada por Ben) ayuda al doctor a cerrar la compuerta para luego derribarle con un fuerte golpe... aunque finalmente salva su vida sacándole del agua.

Sawyer también desoye los consejos de Karl y se expone a recibir daños físicos a cambio de reconocer el terreno y, de ese modo, conseguir comida. Kate, por su parte, opta por obedecer de momento a lo que le piden Tom y Ben: entre otras cosas acepta ponerse las esposas que, como sabemos, tanto odia.

Perseguir el propio impulso en contra de lo que las circunstancias u otras personas establecen puede ser desaconsejable y, en muchos casos, sumamente peligroso. Es preferible ceder a mantenerse testarudamente en una posición sin salida. Sin embargo, en ciertas ocasiones, atreverse a intentarlo a pesar del posible sufrimiento es una opción respetable y salvífica, pues ayuda a mantener la esperanza, a mantenerse siendo uno mismo. La actitud de Sawyer (luchadora) es más positiva que la de Kate (abatida), sin llegar a ser la desesperada testarudez de Jack. Como en casi todo, lo díficil es tener claros los criterios que nos permitan reconocer en cada ocasión el apropiado punto medio.

- Otra reflexión interesante ofrecen las similares frases de Juliet y Sarah: Lo que importa es lo que somos o no somos ahora, no lo que fuimos ni lo que son los demás. Jack se está enfrentando a un juicio sobre su vida, sobre quién es él y si es o no una persona digna de ser amada (en su flashback) o una persona digna de ser tratada con respeto y dignidad (en su cautiverio). Que su mujer le abandone por otro significa que él no ha sido capaz de hacerla feliz, de cuidar por el éxito de su matrimonio, indica una posible falta grave en su personalidad y/o en sus costumbres (aunque no tiene por qué significar que el otro hombre es mejor, sino más bien que su ex-mujer es un tanto veleidosa). Su enfrentamiento a Juliet, que parece conocer todos los detalles de su vida previa, tiene cierta similitud con un inesperado juicio final. La vida de Jack pasa ante sus ojos tratando de justificar ante sí mismo si él merece esta prisión, este castigo. Juliet parece amable y solícita, aparentemente sólo quiere llevarle comida y agua, pero en la realidad se guarda avaramente las respuestas y la libertad que él necesita. Es la típica situación en que una persona debilitada física y psicológicamente encuentra difícil culpar a su auténtico opresor, aparentemente tan agradable, y termina culpándose a sí mismo por lo insoportable de su situación. Lo mismo le pasó con Sarah.

Amparo


Tercera Temporada de Perdidos

Bienvenido/a a mi segundo blog sobre Perdidos. En este blog publicaré de momento mis comentarios a los episodios de la tercera temporada de la serie Perdidos.

Puedes encontrar mi comentario general a la primera temporada en:

http://misteriosysorpresas.blog.com//Perdidos+-+Primera+Temporada/

y mis comentarios a los episodios de la segunda temporada más el comentario general en:

http://misteriosysorpresas.blog.com//Perdidos+-+Segunda+Temporada/

Gracias por tu interés.

Amparo